Si el fútbol es la dinámica de lo impensando, como bien definió el maestro Dante Panzeri, la televisación del fútbol es la dinámica de lo impensado, lo imprevisto, lo sorprendente, una dinámica que admite giros de 180 grados de la mañana a la tarde y otros 180 grados de la tarde a la noche para volver al punto de partida y dejar todo patas arriba. O bien parado, según se lo quiera ver.
El partido que venían jugando en los últimos días Jorge Capitanich, la Cámpora, Marcelo Tinelli, Torneos, la AFA y paralelamente los relatores y comentaristas que entraban o salían de la escena, dejó la pelota quieta en el medio de la cancha embarrada.
Por ahora. Tal vez dentro de un par de días, una semana, un mes o después del Mundial se reanuden las acciones y vuelva el juego cruzado.
El punto de partida de esta historieta hay que ubicarlo a mediados de enero cuando se empezó a barajar la posibilidad de que se conformara una sociedad entre Torneos, la AFA, el Gobierno y Marcelo Tinelli para mejorar la imagen del Fútbol para Todos al tiempo que se abría la posibilidad de reducción de los costos de los más de 600 millones de pesos anuales que pagaba el Estado para sostener la producción de las transmisiones.
Torneos –como bien explicó Daniel Guiñazú en una nota publicada en este diario la semana pasada– ahora pertenece al empresario estadounidense Fred Vierra y a los herederos de Luis Nofal (mano derecha de Ávila) en un 50%, a DirecTV en un 33,2% y al fondo de inversión DLJ Merchant Banking en un 16,7%. Y retomará la producción y puesta en pantalla de los diez partidos del Torneo Final, como lo hacía en sus tiempos de gloria. El Gobierno, en vez de los 687 millones de pesos que le abonaba a la productora La Corte –de los hermanos Pablo y Daniel Monzoncillo– por la producción periodística y técnica del Fútbol para Todos, le pagaría a Torneos 24 millones de pesos. Por su parte IDS Sports, la pata deportiva de Ideas del Sur, se haría cargo del lavado de la imagen, contratando a periodistas que reemplazarían en principio a los desplazados Marcelo Araujo y Julio Ricardo.
Todo parecía encaminado, aunque la oposición sostenía sus críticas cuestionando lo que se había hecho antes, lo que se estaba por hacer ahora y, por las dudas, lo que podría llegar a hacerse en futuros mediatos o inmediatos.
Felipe Solá dijo que esperaba que en el nuevo Fútbol para Todos “se termine con el ataque constante a la oposición”. Según el dirigente massista, el Gobierno “ya utilizó a fondo ese instrumento y debe cesar”. Otro diputado massista, Gilberto Alegre, mezclando todo, expresó la necesidad de que “el Gobierno nacional muestre transparencia en el manejo de los fondos públicos, mucho más en este momento en que se le impone a la población una devaluación que afecta necesariamente su vida cotidiana”. Por su parte, el diputado del GEN Omar Duclós consideró que la nueva etapa del Fútbol para Todos era un “simple maquillaje” en el que “cambian algunas caras, pero el mensaje va a ser el mismo”, mientras que el ex diputado Gerardo Milman habló directamente del “circo de la pelota que busca distraer a los argentinos”.
Los grupos más conciliadores del Gobierno defendían la idea del cambio a partir de un dato irrefutable: el Fútbol para Todos seguiría siendo gratuito. Paralelamente –sostenían– se limpiaba un poco la imagen, reduciendo costos al precio de bajar los decibeles de la publicidad oficial y de las bajadas de línea en el medio d e los partidos. Meter en el paquete a Marcelo Tinelli se interpretaba, además, como un gesto que sería bien visto y daría buen rédito a futuro. Apresuradamente, desprolijamente, se anunció que el miércoles pasado se iba realizar una conferencia de prensa para dar a conocer los cambios, mientras se discutía la letra chica de los contratos. Ya se había confirmado que habían sido conchabados los relatores Sebastián Vignolo y Mariano Closs y los comentaristas Juan Pablo Varsky y Diego Latorre, cuatro profesionales de reconocida capacidad. La conferencia de prensa se suspendió con la excusa del duelo por los bomberos y rescatistas muertos en el incendio y el derrumbe de Barracas, mientras se filtraban las asperezas entre Tinelli y los sectores más duros del Gobierno. Un primer punto de quiebre se produjo cuando se discutió la continuidad de Javier Vicente y Alejandro Apo, dos hombres a los que siempre se les reconoció, desde el poder político, la lealtad militante.
Alejandro Apo, público defensor del “modelo”, siempre mantuvo un bajo perfil, al menos durante las transmisiones de los partidos. Javier Vicente, por su parte, más jugado en sus opiniones, era capaz de combinar “goles perdidos” con “décadas ganadas”, y de invocar el nombre de Néstor Kirchner en cualquier circunstancia del juego de cualquier partido. Sus comentarios provocaban irritación en los siempre crispados opositores, pero también eran cuestionados por adherentes al Gobierno Nacional. “¿Para qué tanto? ¿Con qué necesidad?”, se preguntaban, de buena fe.
Una denuncia del abogado de Clarín José María Sáenz Valiente, del 22 de noviembre de 2012, catapultó a los primeros planos a Vicente. Se lo acusaba de “incitación a la violencia”, junto con los periodistas Sandra Russo y Roberto Caballero. Se lo amenazaba con una pena de 3 a 6 años de prisión por emitir opiniones contrarias al Grupo Clarín. Estigmatizado por el medio dominante enemigo (finalmente la denuncia fue archivada por la Sala I de la Cámara Federal), Vicente ganó espacio en la consideración del kirchnerismo más ortodoxo. “Cómo permitir que se desplace a alguien tan leal que además sólo gana siete mil pesos mensuales”, se argumentaba, comparando esa cifra con la que recibirían los nuevos periodistas contratados. La titular de Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, también salió, como es su costumbre, con los tapones de punta: “Kirchner dijo algo muy importante, y quiero que Tinelli escuche esto porque él no puede despolitizar. Néstor Kirchner, en un discurso muy sabio sobre el Fútbol para Todos, dijo que el Fútbol para Todos no está para ganar plata sino para hacer política”.
Mientras tanto, Tinelli empezaba a desembarcar fijando su posición en twitter: “Un auto no puede ser conducido por dos personas a la vez”, dijo antes de tuitear “siamo fuori de la Copa”, y cerrar el círculo. Las negociaciones de último momento, en la que se aceptaba la continuidad de Apo y Vicente, llegaron tarde. En Olivos ya no querían saber nada porque partían de la idea de que Tinelli pretendía más poder que el de la propia Cristina. Tinelli fuera, Torneos fuera y Fútbol para Todos igual que siempre (sólo quedaban marginados Araujo y
Julio Ricardo) mientras la AFA –garantizados sus ingresos– lo miraba todo por TV.
Así las cosas, al cierre de esta edición surgen algunas conclusiones elementales: 1) Hubiera sido mucho mejor mantener negociaciones más cerradas antes de anunciar acuerdos atados con alfileres que se desprendieron con los primeros vientos. 2) No había necesidad de recurrir a históricos enemigos para mejorar la imagen: se podría haber hecho un casting para cambiar las figuritas necesarias. 3) Si lo que se imponía por cuestiones económicas era bajar los costos de producción –lo cual no está nada mal–, eso debió consensuarse en internas menos expuestas de las que suelen alimentarse las fieras opositoras. 4) La publicidad oficial cumplió un rol importantísimo en estos años, primero como respuesta a los ataques despiadados que sufría el Gobierno y segundo como espacio necesario para campañas de bien público. Fue fundamental para todo esto, pero la sensación generalizada era que se imponía algún recorte para abrir el juego. 5) Finalmente, el hincha común no se interesa demasiado por las internas y las intrigas palaciegas, ni por las desprolijidades estructurales, ni por los nombres de relatores y comentaristas. Ese hincha sabe que tiene un derecho ganado, el de ver el fútbol gratis, y no piensa en ninguna dinámica que lo mueva de ahí.