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Las víctimas, a un año de la tragedia: "Aquello nos cambió la vida a todos"

Natalia Meza fue la última en ser dada de alta. Facundo Alonso recuerda a su hermano fallecido. Mónica Bottega perdió a su hija Tatiana. María Luján Rey, mamá de Lucas Menghini, se convirtió en un símbolo de la lucha de los familiares.

En la estación de trenes del barrio porteño de Once se escuchará hoy una sirena, a las 8:30, con el propósito de que nadie se olvide de la tragedia que, en ese exacto momento pero en 2012, terminó con la vida de 51 personas, dejó más de 700 heridos, y sacudió al país. La causa fue elevada esta semana a juicio oral por el juez Claudio Bonadío y tiene 28 imputados, entre los que se cuentan cinco ex funcionarios (ver aparte).

A pesar de las particularidades de cada caso, los relatos de los sobrevivientes, sus familiares y allegados a las víctimas fatales, coinciden en que el choque de la formación 3772 de la línea Sarmiento cuando llegaba a la cabecera, el 22 de febrero del año pasado, modificó su realidad para siempre.

"Me cambió la vida", reconoce entre lágrimas Natalia Meza, de 29 años. Su caso es emblemático para resumir la desidia, negligencia y angustia que provocó la tragedia. Más de 60 veces debió entrar al quirófano en este último año y puede que deba regresar en unos meses. Fue la última de los sobrevivientes en tener el alta. Según detalló a Tiempo Argentino, viajaba hacia su trabajo como todos los días, en el primer vagón, parada, al lado de una ventana. Durante el recorrido, un hombre le pidió ayuda para abrir esa ventana porque, a medida que subía más gente, se hacía más difícil respirar –declaraciones judiciales calcularon que viajaban más de 2000 personas, el triple de lo permitido–. Pero la ventana estaba trabada y no pudieron moverla. Tras el choque, ese hombre yacía muerto al lado de Natalia, quien esperó cinco horas para ser rescatada entre los hierros retorcidos, que le apretaron las piernas hasta que dejó de sentirlas.

Se acuerda de todo: "Me sacaron en helicóptero y me llevaron al Hospital Santojanni para operarme de urgencia. Corría el riesgo de que me amputaran las piernas", cuenta la joven. Aunque con dificultad, porque le falta el talón y el tobillo del pie derecho y perdió piel de la planta, consiguió volver a caminar. "La ART (Aseguradora de riesgos de trabajo) le pagó todo, incluso la internación en un sanatorio. Nadie se comunicó cuando pasó todo", describe su papá, Santiago, quien además protesta porque el ministro de Planificación, Julio De Vido, no esté entre los imputados, a pesar de que la secretaría de Transporte estaba bajo su órbita.

Por sugerencia de un compañero de trabajo, Natalia concedió un reportaje dos meses después de la tragedia, y recién ahí recibió ayuda. "Primero fue TBA (la empresa encargada de la concesión de los trenes)", recuerda Santiago, quien calculó su lucro cesante y el de su hija, y le pidió a la empresa 30mil pesos, mucho menos de lo que se calcula que le darán como indemnización. Cuenta Santiago: "Me dijeron que no podían darme esa suma, pero nos dieron 1500 pesos semanales. Duró tres semanas. Cuando el gobierno les sacó la concesión, no pagaron más."

También recibió una suma de 5000 pesos del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación, y desde la Jefatura de Gabinete porteña le dieron el dinero que necesitaba para acondicionar su casa, en la localidad bonaerense de Merlo, con calefacción, agua caliente y un baño nuevo, para que Natalia pudiese continuar allí la recuperación. No volvió a subirse a un tren y su familia no quiere que lo haga cuando esté en condiciones de regresar al trabajo.

 

SIN SED DE VENGANZA. Facundo Alonso, de 30 años, debía entrar a trabajar en la boletería de la estación de Once a las dos de la tarde. Ese 22 de febrero no pudo y luego decidió que no lo haría nunca más. Juan Carlos, uno de sus adorados hermanos mayores, su referente, había viajado esa mañana en la formación 3772. "Estábamos viviendo en lo de mi viejos, en Villa Luro, porque cuando él se quedó sin trabajo no pudo seguir manteniéndose solo. Me llevaba 12 años, pero éramos muy pegados. Habíamos armado un blog de ciencia y arte. Él leía mucho y era muy inteligente", dice sobre Juan Carlos.

Sentía que su hermano estaba entre los fallecidos, pero igual lo buscó por los hospitales, hasta que le informaron que figuraba entre los cuerpos que estaban en la Morgue Judicial. "Él me enseñó a analizar las cosas con profundidad, y eso me sirve en este momento", revela y amplía: "Cuando murió el escritor José Saramago, mi hermano escribió que antes de sentir pena por eso, prefería estar contento porque el tipo había existido. Ahora le puse la misma frase: puedo llorarlo toda la vida, pero es mucho mejor saber que existió y que fue mi hermano."

Algo que cambió en Facundo fue que sólo se subió al tren dos veces: "Este año tomé más colectivos que en toda mi vida", dice, y analiza las responsabilidades de lo ocurrido: "No quiero que prime la sed de venganza y que caiga alguien que no tuvo la culpa. Que caiga quien deba caer. El gobierno hizo mal algunas cosas, pero si tengo que elegir a alguien para que mejore el tren, descubra qué pasó y pague quien tenga que pagar, elijo a este gobierno", asegura, diferenciándose de gran parte de los afectados por este hecho. Incluso, agrega: "(El flamante ministro de Transporte, Florencio) Randazzo me parece un tipo con muchas pilas".

Mónica Bottega, madre de la joven de 24 años Tatiana Pontiroli –fallecida en el tren cuando iba a trabajar desde Morón–, dice que descubrió su fortaleza: "Tengo ganas de llegar hasta lo último. Me siento menos vulnerable." Como todos los familiares de víctimas fatales, Mónica recibió un llamado de la Casa Rosada, pero eso no la consoló. "Se comunican como si fuera un trámite, para aliviar conciencias. No se hicieron cargo de nada", reclama, y subraya: "Nuestros muertos no tuvieron ni siquiera la posibilidad de fallecer en privado".

El hallazgo del cuerpo de Lucas Menghini Rey entre el tercer y el cuarto vagón 58 horas después del hecho, rebasó el vaso. Cuando se creía que la tragedia no podía ser peor y los responsables del rescate de víctimas aseguraron que su tarea había concluido, la familia lo buscó reiteradas veces por todos los hospitales y hasta debió mirar cuerpos en la morgue para descartar que estuviera allí. "La policía nos quería convencer de que se había escapado de casa, como si lo conocieran más que nosotros", recuerda indignada su mamá, María Luján Rey, que en estos meses se hizo dos tatuajes en memoria de Lucas y ya planea el próximo, que será una bicicleta, como la que él usaba para llevar a su hija Paz a la plaza.

Lo encontró su familia, al revisar las cámaras de seguridad de la estación de Padua, donde se lo veía al joven, de 20 años, entrar de un salto a una cabina sin vidrios que debería haber estado inaccesible porque estaba inhabilitada.

Además del dolor por la ausencia de su hijo mayor y de encontrarse haciendo actividades que nunca había organizado, Luján asegura que el choque, además, le cambió la valoración de ciertas cosas. Cuenta la mamá de Chimu –como le decían a Lucas sus amigos–: "Meses después, a mi hermano se le incendió la casa cuando se cayó una vela en un corte de luz. Perdió de todo y fue terrible, pero lo único que pensábamos era qué suerte que estaban todos bien"

 

 

"Nunca más me vuelvo a subir al tren, no puedo ni mirarlo"

 

 

 

 

Los sobrevivientes de esta tragedia recuerdan cada detalle de lo que vivieron después del choque. Así le ocurre también a Ricardo Coultas. Esas imágenes, atascado entre pasajeros durante tres horas, machacan en su mente a cada momento. "Me estoy bañando y se me vienen los gritos de la gente", cuenta.

Cuando Tiempo Argentino lo entrevistó en su casa, cinco días después de la tragedia, él se preguntaba cómo haría para subirse al tren el día que volviera a trabajar en la empresa de transporte que lo emplea. Todavía de licencia, Coultas asegura que de a poco se va recuperando, pero aclara: "Nunca más en la vida me vuelvo a subir al tren. No puedo ni mirarlo." Hizo dos viajes en los colectivos que hacen el mismo recorrido del tren: "A las primeras dos cuadras, me quería tirar. Y cuando voy en remise, ando muy atento. No me puedo distraer."

Vive con Rosa, su mujer, y sus cuatro hijos, que lo ayudan a que avance su tratamiento psiquiátrico, cubierto por la ART, al igual que la operación del nervio ciático. Un año atrás, tenía la pierna enyesada y no podía pensar en las responsabilidades de lo ocurrido. No podía creer estar vivo. Hoy se enoja por no haber recibido llamados del gobierno nacional ni de TBA.

"Desde el choque, no cobro más salarios familiares. De parte del Estado, tuve cero ayuda", protesta. En este aniversario no va a acompañar a su familia a la marcha en Plaza de Mayo (ver aparte), porque no le hace bien. Lo que sí hará es llevarle flores a su papá al cementerio, porque el hombre cumplía años el 22 de febrero. "Creo que fue él el que ese día me agarró en el tren y dijo: "Vos no te vas"."

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