Cultura y Espectáculos

Crónica de un hombre solo

En el centro de la escena un tapete verde, en el centro del tapete un sillón de líneas rectas color naranja, a un costado una copa con agua, al otro lado un par de zapatos dejados al descuido. Un hombre, a medio vestir -o desvestir-, en penumbras, nos convoca a la ceremonia de su soledad, su dolor, la ausencia de su amor. 
El actor rosarino Luis Machín le presta cuerpo, voz, carne y corazón a ese hombre abandonado que se resiste a aceptar su condición. Admitirlo implicaría casi su propia muerte, tal su desahucio. 
Un cuarto de hotel, un sitio que él trata de volver familiar, de apropiarse, quizás en un intento de sentir algo que le pertenezca y llene el vacío que experimenta. 
Milimétricamente repasa sus sentires junto a ese joven que lo ha dejado. Puntada a puntada reconstruye su vida en común, hecha de gestos –‘esa arquitectura de la nada’ en el decir de Cortázar. Hila, rememora, en cada evocación parece intentar retener su recuerdo por algunos sagrados segundos más.
La música que evoca sol, playa, cuerpos semidesnudos, momentos festivos; va y viene a ramalazos como parece lo hacen determinados recuerdos, que alivian y atormentan alternativamente el alma de este ser. 
Confiesa angustia, a su pesar, desnudando su alma sin falsos pudores, aun cuando al ser humano le incomode tanto la cercanía de un hecho doloroso, o más bien dar cuenta de él y lo que nos genera. 
Hay dignidad en su aparente fragilidad; en ese cuerpo endeble, maltrecho, insatisfecho, hoy falto de esas caricias que otrora lo constituían y daban vida, se puede percibir también una fuerza que proviene de haber hecho carne el amor pasado. 
El texto de Santiago Loza, pormenorizado relato de la trágica espera de amor, es de una solidez solo comparable a la talla actoral de Machín, a quien se puede notar tan comprometido con el personaje, que incluso a la hora de recibir el aplauso de pie del público, aún permanece tembloroso, con la mirada aguada y un estado de levedad notorios. 
Una pregunta queda para el final. ¿Qué hace el espectador con lo vivido, con lo sufrido -incluso-, junto al personaje? ¿Dónde pone ese sentimiento de querer consolar a ese hombre; de abrazarlo, decirle que hay otros amores posibles, aunque sepamos que nunca como aquél? La empatía inspirada por este hombre cronicando su soledad… ¿servirá para volvernos un poco más humanos, sensibles, tolerantes? 
Un pacto
Fue conmovedor, en la función de "El mar de noche", el clima que se generó en la sala del Centro Cultural "La Máscara". Ante la entrega del actor, y la profunda angustia del personaje, el público respondió con un silencio respetuoso y tan contundente que por momentos se escuchaba la respiración de quien uno tenía a dos butacas de distancia, maravillados todos y a medias entre el deslumbre que generaban tanta belleza y dolor siendo una sola emoción. 

Sugerencia
A quienes gustaron del texto de Santiago Loza, les recomendamos la lectura de "De profundis" (Oscar Wilde) y Muerte en Venecia (Thomas Mann), obras en las que se inspiró el autor que dijo haberla escrito "durante un largo viaje, en tránsito, en aeropuertos, en hoteles de dudoso gusto situados en playas lejanas". / María Emilia Sánchez.-

Ausencia
Habré de levantar la vasta vida 
que aún ahora es tu espejo: 
cada mañana habré de reconstruirla. 
Desde que te alejaste, 
cuántos lugares se han tornado vanos 
y sin sentido, iguales 
a luces en el día. 
Tardes que fueron nicho de tu imagen, 
músicas en que siempre me aguardabas, 
palabras de aquel tiempo, 
yo tendré que quebrarlas con mis manos. 
¿En qué hondonada esconderé mi alma 
para que no vea tu ausencia 
que como un sol terrible, sin ocaso, 
brilla definitiva y despiadada? 
Tu ausencia me rodea 
como la cuerda a la garganta, 
el mar al que se hunde. (Jorge Luis Borges)
Nota: Quizás solo la poesía, y en la pluma de un Borges, pueda oficiar como bálsamo para quienes, dolidos y maltrechos también, evocando nuestras ausencias y soledades, asistimos a una de las clases de actuación más verdaderas en el marco del FTR. 

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