Opinión

El Secreto

La vanidosa e indomable Matilde caminaba erguida con su panza rellena de pecado. Su silencio fiel y sepulcral la pintaba de cuerpo entero. Quien fue, se preguntaban las viejas con sus barrigas repletas de ostias. Los diretes eran plenos, se comentaba que por la vereda de la iglesia estaba papando moscas y se las trago. Se mencionaba que en la cancha de bochas una vez dio que hablar. Pero la realidad es que nadie, pero nadie sospechaba quién era el edificador subyugante de la redondez estrecha de los pechos más deseados del pueblo, el que ensanchó la simetría de sus caderas. Acusados con fundamentos de escasa valía, varios. Primero el farmacéutico por no tener remedios para enfrentar la realidad. También culparon al Narciso, conocido enfermero, por inyectarle optimismo a la tan difícil situación y al bujía Scubin, mecánico de todo menos dental, por no poder ponerle freno a tiempo. La madre, la Maruca, sostenía que un ángel montado en un globo la frecuentaba cada noche de lluvia. Al tiempo Matilde floreaba su panza y su exceso de más 38 kilos todo lo que pudo. Un 16 de noviembre nació un superbebé con pelusa en los labios. Ocho meses y medio después le preguntaron como quien le habla al viento si quería una mamadera y contestó afirmativo femenina. Sorprendida la madre ante tal afirmación preguntó cuando se tomaría otra y el regordete contestó esta vez con autoridad no insista estamos bajo secreto de sumario. En el futuro todo el mundo supo de dónde provenían los genes y que las amenazas no se trasmiten de generación en generación.
Con afecto Héctor Puig

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