Economía

La corrección política se cobra otra víctima

Pobre David Bonderman. 
Él dijo algo errado. Debería avergonzarse de sí mismo. 

Hay prácticamente un subgénero en el comentario público que explica cómo la corrección política ha ido demasiado lejos. 

Las universidades en Estados Unidos han tratado de prohibir palabras como “cartero” y “manpower”. El mundo literario se pone loco si un escritor blanco desarrolla un personaje femenino negro. Será acusado de “apropiación cultural”. 

Incluso nuestras lecturas de la iglesia han sido arregladas para evitar decir las horribles palabras “hombre” y “él”. 

En las primeras etapas de esta histeria, “él” fue reemplazado con el incómodo “él o ella”. 

Más tarde, la gente que se preocupó por esas cosas pensó que era opresivo forzar a la gente a que entre en un “sistema de género binario” en donde tenían que elegir uno u otro. Entonces “él o ella” fue reemplazado por “ellos”. 

“El género binario”, explica el jefe de personal de la Universidad de Princeton, “es la mirada tradicional del género humano, que no toma en cuenta a los individuos que se identifican como transgénero, queer, género no-conformista o la intersexualidad”. 

Es imposible satisfacer a todos. 

“Él” ofende a las “ellas” que no quieren incluirse en el “él”. “Él o ella” ofende (supuestamente) a aquellos que quieren más opciones. Y “ellos” ofende a quienes no les gusta ver el lenguaje afectado para complacer a unos raros. 

Incluso aquí, en CONTRAECONOMÍA, nuestros lectores ocasionalmente nos escriben para decirnos que lo que escribimos es “ofensivo”. 

Típicamente solo era “ofensivo” hablar de los miembros de un grupo de víctimas. 

Pero recientemente un lector pensó que era ofensivo sugerir que los generales del presidente Trump no eran héroes de batalla sino burócratas del Pentágono. 

Ahora, aparentemente, es ofensivo criticar a hombres blancos, ricos y armados. 

Muchos probablemente encontraron ofensivo que notemos que nuestro presidente es un idiota o que su oponente en la elección era una arpía. 

Otros encuentran ofensivo cuando describimos a tontos demócratas, republicamos brutos, gordos, homosexuales, retrasados, viejos, jóvenes, gente blanca, gitanos, indios, zombies, insiders, y un largo etcétera. 

Con los años, logramos ofender a casi todos. Y, si no lo hicimos, avísennos así lo corregimos. 

No nos gusta hacerlo pero la vida es demasiado corta y la percepción es demasiada escurridiza para preocuparnos por ella. 

Además, no lo tomamos en serio. Grandes, pequeños, genios, polacos, idiotas, locos por la biblia. Las categorías son de “conocimiento público”, vacías y usualmente fraudulentas. 

Conoces a un tipo, tomas una cerveza con él y las categorías desaparecen. Tal vez es un idiota pero nos gusta. Lo que importa es su personalidad no su categoría. 

¿Es honesto? ¿Es bueno? ¿Tiene sentido de humor? ¿Es decente o es un senador estadounidense? 

Sin dignidad

Si hay algo que no nos gusta es un multimillonario cobarde. Si tienes suerte de tener tanto dinero deberías al menos tener el coraje y la autoestima que van con él. 

Pero la semana pasada… el pobre Bonderman (un empresario multimillonario que es director de la app Uber) se arrodilló y doblegó ante la presión de la corrección política. 

“Quiero disculparme ante mis compañeros miembros de la junta por un comentario irrespetuoso”, dijo en un email a los empleados de Uber. 

Tan indignante fue su error que renunció a la junta de directores. 

¿Cuál fue su crimen? 

Interrumpió a la compañera de la junta, Arianna Huffington, con una broma. 

Huffington argumentaba a favor de traer más mujeres a la junta y Bonderman se atrevió a decir: “Es mucho más probable que se termine hablando más”. 

¿Sabemos que agregar mujeres a la junta aumentaría la cantidad de charla? 

No. 

¿Sabemos si más charla sería algo bueno o malo? 

No. 

¿Sabemos si agregar mujeres a la junta sería bueno para Uber, los accionistas, los empleados, los clientes, hombres… mujeres… fenómenos de circo? 

No. 

Ninguna persona seria podría tomar en serio el comentario de Bonderman. En nuestra limitada experiencia, las mujeres hablan más que los hombres. Son más sociales. ¿Pero eso es bueno o malo? 

No tenemos opinión. Generalmente preferimos la compañía de mujeres a la de hombres. Son más lindas. Y no sabemos por qué pero son menos susceptibles a la tontería que pasa por conocimiento público. 

Las mujeres suelen ser más astutas y listas que los hombres. Se enfocan en los fracasos de sus esposos; no pueden evitar notar las debilidades de sus colegas. 

¿Eso es bueno? ¿Malo? 

Quién sabe. 

Lo que parece funcionar mejor, al menos en nuestra experiencia, es la combinación – hombres y mujeres juntos, cada uno compensando las imbecilidades y vanidades del otro. 

Las parejas parecen funcionar en la vida privada. Los grupos de hombres y mujeres parecen funcionar en los negocios también. 

¿Qué pasa con Bonderman? 

¿Su posición en la junta de Uber es tan importante que está dispuesto a rebajarse con humillaciones sin sentido? 

¿Tanto ansía el dinero o la aprobación de los medios que está dispuesto a seguir con esta estupidez? 

Una importante medida de un hombre es su habilidad para pararse ante la presión social y la histeria pública. 

Bonderman falló. 

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