La llegada del otoño cambia la paleta del pintor y los colores de la ciudad, las calles y las veredas se visten con sus abrigos de hojas, rojos, dorados, ocres y marrones, una invasión de placer para los nostálgicos, transportándolos en sus cómodos carros, repletos de recuerdos. El pasado nos resulta siempre más seguro, más amigable, nos convence que fue mejor, por supuesto, es porque ya lo conocemos.
En cambio el futuro nos obliga al desafío de convivir con el temor del no saber; vivir, ser feliz y sonreírle a lo desconocido. Construimos ese futuro andando por la vida, de la misma forma que caminamos por las calles adoquinadas, en cada piedra una decisión, un acierto o un error; trazando nuestro camino, modelando lo que seremos. Con un lente mágico podríamos ver cuántos caminos hay ya marcados, también cuantas veces ellos se cruzan, veríamos que algunos se alejan solos y también a los que se unen junto a otro. Mientras andamos aprendemos, tal vez construiremos una casa, y si nos cobijamos en ella con amor, tendremos un hogar, tal vez tengamos una familia, y dejemos nuestra semilla.
Me gusta el frío, aunque en mi alma siempre es verano, disfruto de esas charlas cuando estoy solo, gozo al descubrir nuevamente lo conocido, amo los días quietos y soleados, pero también la caricia del viento, que hará brotar vida de algún molino. Me gusta ver siempre la copa media llena, agradecer si en ella hay agua, prepararme a escuchar secretos si hay vino. En la vida se aprende a disfrutar del camino, aunque nunca se alcance el destino. Por eso me quedo con lo logrado y no con lo que falta. Por eso me gusta saber que los argentinos sentimos haberlo conseguido, que el esfuerzo, esta vez, no ha sido en vano, que somos más felices a pesar de las dificultades, que ya no tememos, que recuperamos nuestra estima. Me gusta ver a mis hermanos, que antes eran diferentes y hoy son más iguales. Me gusta saber de los millones de pequeños actos de justicia, con los jubilados, con los niños, con los jóvenes, con los trabajadores, con los artistas, con el desvalido y con el que ya no tiene fuerzas. Me gusta saber que recuperamos nuestros científicos, que ya no lavan platos, que no compramos más baratijas, que defendemos el trabajo argentino. Me gusta ver como progresamos, que ejercemos nuestros derechos, que lucharemos para conservarlos, que ya no nos asustan, que somos más libres, más soberanos. Al mirarme en el espejo de Grecia, me gusta darme cuenta lo valiente que fue ese hombre que nos defendió, que se negó al sometimiento, y a la humillación como nación.
Hace un tiempo encontré una pequeña canastita de mimbre, oculta entre las cosas de mi madre. Dentro de ella había tres llaves. Las llaves son siempre intrigantes, pensé adonde podrían pertenecer, que sorpresas me depararían o que puerta me abrirían. Por mucho esfuerzo que hice, no logré saber su origen, pero intuí que podía ser una señal. Desde ese momento, coloco en esa canastita todas las llaves en desuso que encuentro, creo firmemente que en el futuro no alcanzará el bronce para homenajear a Nestor y a Cristina.
Carlos Pedemonte
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