Opinión

Rosas Anónimas

Una tarde mirando unos equipos de audio la conocí. Recorrí junto a ella su negocio fingiendo estar interesado pero en realidad solo estiraba el momento. Al despedirme intenté impresionarla y le tendí la mano se acercó y suavemente susurro prefiero el beso soy una mujer moderna y se fue. Seguí disimuladamente pasando por allí, tratando de averiguar algo sobre ella. Su reiterada amabilidad no me permitía avanzar más allá de su sonrisa. Experimenté una sensación extraña la sentía entre mis dedos pero no podía alcanzarla. Su imagen se tornaba enigmática. Sus rasgados ojos finamente delineados, envueltos en un infartante cabello y sus espléndidas caderas no detenían su demoledor ritmo hasta enloquecerme.

Cierto día la encontré llorando, retumbaba en sus mejillas el graznido de una lágrima. “Te llevo, por favor contame, dije. Amortiguó con su felina mirada mi eventual acoso y subió manteniendo su inesperada aunque oportuna congoja. Sólo tengo diez minutos, me esperan para cenar, Dijo. Diez minutos que se transformaron en más de dos horas. Sus defensas cayeron y me dejo hacer libremente lo que mejor supe hacer siempre, hablar. En un meditado silencio comencé a balbucear "una mujer con sombrero". Lo festejó como su tema preferido, compartimos Richard Bach desmenuzando "Puente hacia el infinito". Atrapé su mano e intenté atraerla. No, aún no, respondió lapidariamente. Al otro día, todo había cambiado, contestaba amablemente mis llamadas. Pero después de ecuménicas conversaciones surgía el "no, aún no". Con el transcurrir del tiempo la fluidez del dialogo crecía, tanto como mi ardiente e incontenible pasión. El inexplicable matrimonio para huir de la casa de sus padres, su difícil realidad debido al imponderable deseo del marido de pedir dinero prestado y no devolverlo, las amenazas, cédulas, notificaciones y demás cuestiones que diariamente recibía, eran nuestros temas predominantes. En una de estas celíbatas charlas comentó sobre la pasión desenfrenada que le provocaba recibir rosas. Se acercaba la fecha de su cumpleaños. Hice lo que dicen los manuales más refinados de la galantería, gasté medio sueldo en rosas rojas, las envié (sin tarjeta) y me senté a esperar que llamara, cosa que ocurrió un momento más tarde. Esa noche después de la celebración familiar la busqué, subió rápidamente y dijo: hoy es el momento que tanto esperaste. Fuimos a un lugar gastado y frío pero su fulgor todo lo disimulaba. Me senté a una cierta distancia sabía le gustaba que la contemplaran. Comenzó a desprenderse de cada una de sus prendas. Me hiciste muy feliz (rumoreaba) un oasis en mi vida (en ese momento me agradó pero, después comprendí que la mayoría de los oasis son espejismos y este no sería la excepción). En un felino movimiento estaba atacándome con toda su furia, descargando su gatubela gracia sobre mis, por entonces, huesudos hombros. Tanto me contagió su emoción que terminé descargando el contenido de mis vesículas seminales en su incontenible vientre sin poder siquiera lograr estimular el menor de sus gemidos. Suele ocurrir, intentó conformarme.

Al famoso marido lo buscaban por todos lados y nuestra relación naufragaba, debido a esta desdibujada realidad. Pero llegó el 10 de octubre y en mi cumpleaños el punto culminante. El flaco Jeremías me prestó la pieza y allí se consumó el asunto. Después de un tiempo de caricias y libéos destapó un champán que, con tanto sacrificio había comprado, lo derramó sobre si y dijo: vení gordito que nunca volverás a beber elixir de dioses en copas tan naturales.

Lo hermoso de las historias de amor es que el final es previsible, lo trágico es que al vivirlas madura la certeza que se irá diluyendo y terminará siendo una anécdota, Solo que estas conclusiones llegan con el tiempo. La muletilla final, “sos un ser humano excepcional”, lastimaba porque yo quería ser el detestable animal que bebía a rabiar en sus imponentes contornos. Esta historia de pasión e incertidumbre fue inolvidable no volví a sentir tantas emociones encontradas y algunas de esas verdades se convirtieron en máximas a partir de entonces como si un par de enigmas se hubieran dispersados en su misma incertidumbre. Cada tanto invade mi memoria la última tarjeta que recibí poco tiempo después conmemorando ese fin de año. "Amo las rosas anónimas que crearon en mi corazón la intención de vivir feliz el tiempo que transcurrió entre nuestros cumpleaños".

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