La seguridad social es
la actividad humana que más dinero mueve en el mundo. Por ello es,
fue y seguirá siendo la joya más preciada del capitalismo
financiero, aquello por lo que los dueños del capital no escatimarán
esfuerzo alguno para quedarse con todo lo que puedan de esa inmensa
masa de dinero. Esta situación ha provocado que organismos
internacionales como el FMI, BM y la OCDE —curiosamente, ninguno de
ellos especializados en materia de seguridad social— sean los
impulsores principales de las llamadas “reformas estructurales en
materia de pensiones” [1].
Cada vez que se discute
la deuda pública, el debate lleva a tratar el ajuste a aplicar al
sistema previsional. En cada visita de los auditores del FMI se
discute la necesidad de reducir el gasto en pensiones. En
nuestro país pululan los “analistas económicos” que siempre
hablan del desmesurado gasto social o de la insustentabilidad de
nuestro sistema previsional, enfatizando la necesidad de ajustarlo,
representando el triste papel de auténticos mercenarios del capital
financiero internacional. Quizás algún lector desprevenido pueda
pensar que las motivaciones de esta preocupación respecto del ajuste
y la reducción del gasto se vinculan con la necesidad de liberar
fondos para otras cuestiones, como requisito previo para generar
reactivación económica. Pero eso es erróneo. La prueba más
acabada de semejante error es que, mientras rigió en nuestro país
el mecanismo de capitalización individual, el gasto previsional tuvo
un pico récord, porque además del pago de las prestaciones los
ingresos del sistema se redujeron en una tercera parte, debiendo
hacerse cargo el Estado de esa diferencia. En solo nueve años las
AFJP se llevaron de las arcas del Estado 30.527,8 millones de
dólares. En ese tiempo, los que hoy hablan de insustentabilidad nos
explicaban lo bien que nos iría en el futuro, pero cuando ese futuro
llegó y mostró la debacle del esquema de capitalización
individual, se escondieron durante un tiempo para luego reaparecer
como si nada hubiera pasado.
En nuestro país,
alrededor del 22% de nuestro PBI lo insumen las prestaciones de la
seguridad social: jubilaciones y pensiones; pensiones no
contributivas; asignaciones familiares; asignación universal por
hijo; enfermedades laborales y riesgos del trabajo; obras
sociales y otras políticas sociales.
De estas prestaciones,
las relacionadas con riesgos del trabajo se encuentran administradas
por compañías de capital financiero. A su vez, el sistema de obras
sociales se encuentra administrado por distintos gremios. El esquema
prestacional de salud, tanto en la Argentina como en el mundo entero,
sufre hoy una crisis importante producto de los elevadísimos costos
de los insumos relacionados con la salud, obligando a las Obras
Sociales a hacer malabares para poder sobrevivir. Uno de los
mecanismos que han encontrado muchas de ellas es subcontratar
empresas de medicina privada para dar respuesta a sus afiliados.
Las prestaciones
sociales, en particular la lucha contra el hambre y la pobreza
extrema, no forman parte del interés de ningún capital financiero,
así que de ellas se seguirá haciendo cargo el Estado.
En consecuencia, la
verdadera lucha está relacionada con los regímenes de prestaciones
dinerarias de jubilaciones y pensiones. Por lo tanto, esta es una
pelea por alrededor del 10% del PBI. Algunos países gastan un poco
más y otros un poco menos, pero en general los de mayores ingresos
son justamente los que más invierten y en consecuencia, los más
tentadores. Según el FMI, el PBI mundial en 2019 alcanzó los
87.265.226 millones de dólares. La pelea esta dada para definir
quién administra 8.726.522,6 millones de dólares.
Chile al podio
Sobre lo que significa
esta lucha contamos con varios ejemplos. Quizás el mas emblemático
sea el caso de Chile. Es sabido que el país transandino fue el
primer país en el que el capital financiero logró adueñarse de los
fondos de pensión. Lo hizo de la mano del hermano del actual
Presidente chileno, en plena dictadura del general Pinochet.
Fue exhibido por el
mundo como el milagro chileno y el ejemplo a seguir por los países
en vías de desarrollo. La OCDE incorporó a Chile a sus filas a
pesar del bajo monto de su PBI, como premio a semejante logro. Ese
hecho motivó que el resto de las políticas de protección social en
Chile fueran también privatizadas: la salud y la educación, entre
ellas. Esas decisiones significaron una concentración del ingreso en
pocas manos y un crecimiento desmedido de la desigualdad, llevando a
Chile al podio de los países mas desiguales de la tierra.
Pero lo más curioso es
que el resultado de la privatización del sistema previsional llevó
a Chile a pagar un tasa de sustitución –la relación entre lo que
cobra un trabajador en actividad y lo que percibe como jubilación–
de entre el 22% y el 30%. Tan bajo guarismo motivó que el Estado
tuviera que instaurar una prestación no contributiva complementaria
para aquellos cuyo haber fuera demasiado bajo, y con el correr del
tiempo el costo de esa prestación insumió un 4,96% del PBI. Para
que entendamos que significa esto: en la Argentina el sistema de
seguridad social recibe financiamiento impositivo del orden del 3,92%
del PBI, producto de la disminución de las contribuciones patronales
implementadas por Cavallo en su momento y mantenidas hasta la fecha.
Téngase en cuenta que si estas contribuciones no se hubieran
disminuido, los aportes y contribuciones sobre la nómina laboral
serían suficientes para afrontar el pago de las prestaciones.
Por ello, la enorme
crisis social que vive nuestro hermano país tiene su origen en la
guerra feroz que impone el mercado financiero para quedarse con los
ahorros de los trabajadores. Esta misma lucha se da en Colombia,
donde una alianza de derecha que gobierna el país hace unos cuantos
años copió el modelo chileno y privatizó todo lo que se les puso
al frente. Allí también la crisis social es inconmensurable y
también se ha transformado en una enorme crisis institucional.
Otro caso emblemático
es el de México, país que también privatizó su sistema
previsional al más crudo estilo chileno, motivando un desinterés en
los trabajadores por participar en el sistema y provocando un
deterioro en el nivel de cobertura previsional de los adultos mayores
con una tasa de sustitución inferior aún a la chilena. Actualmente,
el gobierno progresista de López Obrador se debate de manera
desesperada por salir de esta trampa, pero las presiones son de tal
magnitud que aun no han encontrado la forma de romper el huevo de la
serpiente que los acosa.
También Europa
Europa no es ajena a
esta lucha encarnizada. Europa del este vive la misma pesadilla de
nuestros hermanos latinoamericanos, pero dentro de los países mas
avanzados el caso más impactante es el de Francia, por lo que este
país representa en el concierto de naciones. El Presidente Macron
impuso una serie de reformas al sistema previsional que hicieron
arder Paris. Hace meses que las organizaciones de la sociedad civil
enfrentan al gobierno, que insiste en no revertir la decisión. Esto
llevó a registrar meses de huelgas, quejas sociales, movilizaciones
permanentes y recurrentes que han hecho perder popularidad al
Presidente, dejando un final todavía abierto y de resultado
impredecible. España, a su vez, viene padeciendo una fuerte presión
por parte de la Unión Europea por ser el país que paga la
jubilación máxima más alta, aproximadamente 2.683 euros mensuales.
Quedan todavía en
lista de espera unos cuantos países donde los regímenes de
jubilaciones y pensiones se encuentran fuertemente tensionados y por
eso algo ocurrirá, como Perú, los países de Centroamérica y hasta
Estados Unidos de Norte América y Canadá.
Nuestro país es un
caso atípico en el concierto de naciones. Es el único que volvió
de un régimen de capitalización a un esquema de reparto solidario
que alcanzó, durante la administración kirchnerista, no solo
el nivel más alto de cobertura de toda su historia, sino que además
contaba con reservas técnicas en el FGS equivalentes a una vez y
media el gasto previsional; estos excedentes operativos se
incrementaban año a año, contribuyendo con la jubilación mínima
más alta de Latinoamérica. Pero llegó el neoliberalismo y destruyó
la mayoría de aquellos logros. Hoy la Argentina se encuentra en el
séptimo lugar respecto del nivel de ingresos por jubilación en
América Latina, y con la mitad de las reservas técnicas.
Nuestro país
representa un “mal ejemplo” para los organismos internacionales y
sobre todo para la asociación internacional de fondos de pensión,
que temen que ante el fracaso de la capitalización algunos países
quieran intentar la solución argentina. Por ello creo que los
enemigos de afuera y los de adentro van a hacer lo imposible para
implosionar el sistema previsional argentino. Una alianza entre la
Justicia, los grandes medios de comunicación, el capital financiero
y los organismos internacionales puede hacerlo volar por los aires.
Para aquellos que creen que la emergencia previsional vigente es un
antídoto a cualquier intento, les digo que no es así. Con la
emergencia no alcanza.
Por ello creo que el
gobierno nacional, popular y democrático que supimos conseguir tiene
que ser extremadamente cauteloso y no tomar medidas que dejen flancos
abiertos que puedan ser usados como bandera por los inescrupulosos de
siempre. En la guerra de las pensiones en que estamos inmersos, la
Argentina es la pieza más preciada.
No podemos dejar de
considerar que la derecha siempre tiene un plan.
Tenemos que estar
preparados.