A los ojos del visitante, en un puñado de cuadras la localidad de Puerto San Julián conecta con la historia a cada momento. La ancha avenida San Martín, acceso desde la Ruta Nacional 3 hacia la costa, tiene unos 4 kms totales de extensión y desemboca en la rotonda que conecta con la costanera Hernando de Magallanes. Allí está ubicada la réplica del naco Victoria, una embarcación de madera que entre 1520 y 1522 permitió el hallazgo del Estrecho de Magallanes -en honor al comandante de la expedición, el navegante portugués Hernando de Magallanes- y que fue la primera embarcación en circunnavegar la Tierra.
Unos foods trucks y el restaurante Nao le dan la bienvenida a viajeros en moto, en auto o en motorhomes de todo tipo y tamaño que, en sus recorridas por la Patagonia, hacen escala en el histórico lugar.
Girando hacia el Norte, la primera vista también es impactante. La silueta de un Dagger (la versión israelí del cazabombardero Mirage) domina el horizonte. No es cualquier Dagger. Es el mismo avión del II Escuadrón Móvil "La Marinette" que el 1 de mayo de 1982 despegó de la Base Aérea de San Julián para atacar a la flota que, 150 años atrás, había hecho en ese mismo lugar los relevamientos que condujeron a la usurpación de las Malvinas. La historia y sus ciclos, resumidos en una misma avenida.
Unos cientos de metros más al Norte, sobre la misma Costanera, otra gigantesca cruz, elevada sobre un promontorio convertido en altar al aire libre recuerda que allí mismo el 1 de abril de 1520 se rezó la primera misa en territorio argentino.
Una tumba en la costa
Hay más, claro. El camino costero se prolonga en un recorrido que conduce a las ruinas de un antiguo frigorífico y que obliga al turista a detenerse una vez. ¿Dónde ver algo más que el paisaje fascinante de la costa patagónica? Otra pequeña elevación y una tumba semicubierta con piedras. Una tumba de casi dos siglos de existencia: es la morada final del teniente Robert Scholl, un marino inglés que integraba la tripulación del Beagle en la misma expedición que dirigió Fitz Roy y que llevaba a Charles Darwin. Una enfermedad puso fin a sus días en esas latitudes.
La historia, siempre. Momento de cargar combustible en una moderna estación YPF, reconstruida a nuevo. Está ubicada en la avenida Comandante Piedrabuena, que corta en dos la parte céntrica de la avenida San Martín. La mayoría ignora que mientras la nafta fluye en el tanque de nafta, las ventanas del hotel que da a la playa de maniobras de la estación también tienen su pasado.
Los guardianes de la bahía
En ese mismo hotel, como en casi todos los hogares y hospedajes de Puerto San Julián, se alojaron algunos de los 15 mil soldados que las Fuerzas Armadas desplegaron en San Julián y que durante tres meses convivieron con los habitantes del pueblo. Eran los soldados destinados a defender las playas de San Julián ante un eventual desembarco -anfibio o aerotransportado- británico en la costa, con el fin de atacar la base aérea cercana.
Así de cerca vivió el pueblo de San Julián la guerra de Malvinas. Por esos soldados, por la base aérea cuyos aviones sobrevolaban el pueblo antes y después de cada una de las misiones sobre Malvinas; por el oscurecimiento nocturno total; por la sensación de que la ciudad misma estaba en la retaguardia más cercana al frente de batalla.
Y si algo faltaba en el recorrido por la historia de San Julián -mucho más extensa que estas pocas líneas-, hay otro testimonio en pie.
En 1920 y 1921, las huelgas de peones rurales de la Patagonia vieron el primer derramamiento masivo de sangre trabajadora en manos del Ejército Argentino. Un regimiento al mando del Coronel Varela asoló los territorios de Santa Cruz produciendo fusiamientos masivos de peones en huelga, en una peregrinación trágica que también pasó por San Julián.
Las putas de San Julián
El 17 de febrero de 1922, cinco pupilas del burdel La Catalana, se negaron a atender a los soldados del Regimiento del coronel Héctor Varela, acusándolos a gritos del asesinato de obreros agrarios. Las prostitutas -cuyos nombres se recuerdan en unos desteñidos carteles de homenaje- fueron detenidas, pero el comisario de San Julián decidió no ejecutarlas para no engrandecer su acto de resistencia, sino que optó por dejarlas ir.
El episodio, rescatado por el historiador Osvaldo Bayer, recuerda que "La rebelión de las putas de San Julián" -como se conoció a ese gesto simbólico de resistencia- fue la única protesta pública que hubo en Argentina tras la represión masiva contra los obreros patagónicos de 1920-1922".
El burdel ya no existe como talu, pero sí el edificio que lo albergó. Ubicado en la calle Colón, a unos pocos centenares de metros de la costa, se mantiene -con sus aberturas cerradas completamente- intacto, como un mudo testimonio de aquel gesto de dignidad que ejercieron unas mujeres que estaban en el rango más bajo de la sociedad de la época, pero igualmente no quisieron acostarse con soldados manchados con la sangre de sus compatriotas.
El Principito patagónico y la Ciudad Heroica
¿Hay más? Claro que sí. Porque en las vastedad de la Patagonia las postas aéreas fueron también una manera de acortar distancias. Y entre los pioneros de aquellas postas destacó un intrépido aviador francés que voló una y otra vez en las endebles máquinas de la época, desafiando los vientos tempestuosos y las condiciones hostiles del clima y la naturaleza. Ese piloto, que moriría años después combatiendo contra Alemania y defendiendo a su país en los cielos de Europa, se llamaba Antoine de Saint Exupery y dejó su legado para la humanidad: escribió El Principito, su obra cumbre, pergeñada quizás en esos vuelos llenos de aventura que hicieron escala, como no, en el mítico pueblo que refugió a navegantes y aventureros de todas las razas.
San Julián fue declarada Ciudad Heroica por la contribución de su pueblo a la gesta de Malvinas. Recordarla en estas fechas tan caras para los trabajadores y tan cercanas al sentimiento malvinero es, también, un modo de rendirle tributo a su historia y su gente.