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Salud

Migrar: entre el deseo, el miedo y el autoconocimiento

En su columna, la psicóloga Marcela Dellamea reflexionó sobre las emociones que atraviesan quienes deciden irse del país y compartió el testimonio de una argentina que vive en Europa.

Migrar no es solo cambiar de país. Es, sobre todo, animarse a construir una nueva vida. Con nuevos vínculos, otras costumbres y desafíos que van mucho más allá de lo geográfico. Así lo planteó la psicóloga Marcela Dellamea en su habitual columna, de radio Mitre Santa Fe, donde abordó una realidad cada vez más frecuente: personas que deciden dejar su lugar de origen en busca de nuevas experiencias.

“Cada vez que armamos la valija lo hacemos llenos de ilusión y esperanza, pero también aparecen el miedo, la incertidumbre y los duelos por todo lo que dejamos atrás”, explicó la especialista, poniendo en palabras una mezcla emocional que atraviesa a quienes migran.

Para profundizar en esta experiencia, compartió el testimonio de Alejandra Capitanich, una argentina que decidió dejar una vida estable en el país para iniciar un camino en el exterior.

Alejandra relató que, pese a tener trabajo, familia y una rutina ordenada en Argentina, había algo interno que no estaba en equilibrio. “Me despertaba cada mañana con la sensación de que esa no era mi vida”, contó. Esa inquietud fue el motor que la llevó a emigrar primero a Australia y luego a establecerse en Barcelona.

Uno de los puntos centrales que surgió del relato es la diferencia entre lo que se imagina antes de emigrar y lo que realmente se vive. “A veces idealizamos el irnos afuera. Pensamos que todo va a ser más fácil, pero no es así”, explicó.

La experiencia migratoria, según detalló, implica momentos de tristeza, como el desarraigo o la distancia con la familia, pero también abre la puerta a nuevas oportunidades. En su caso, destacó la posibilidad de conocer otras culturas y personas, así como iniciar un proceso profundo de autoconocimiento.

“Cuando estás en tu país, muchas veces los demás ya tienen una idea de quién sos. Afuera, podés sacarte esas etiquetas y preguntarte qué te gusta realmente”, reflexionó.

Lo que se gana y lo que se pierde

Migrar también implica renuncias. Alejandra mencionó como uno de los aspectos más difíciles la distancia con sus seres queridos y el hecho de no poder acompañar momentos importantes, como el crecimiento de sus sobrinos.

Al mismo tiempo, resaltó que la experiencia la ayudó a reconectar consigo misma, a explorar intereses como el yoga, la meditación y el teatro, y a construir una identidad más auténtica.

Dellamea subrayó que no existe una única razón para migrar. Algunas personas lo hacen por crecimiento personal, otras por motivos económicos o por vínculos afectivos. “Todas las razones son válidas y cada experiencia es única”, afirmó.

Además, remarcó que las decisiones no son definitivas: muchas personas que emigran imaginan, en algún momento, volver al país para formar una familia o reencontrarse con sus raíces.

“Tomamos decisiones en función de nuestro momento de vida, de nuestros deseos y motivaciones, y todo eso va cambiando con el tiempo”, explicó.

Seguir el propio camino

Como cierre, la columna dejó un mensaje claro: más allá de las dificultades y de las idealizaciones, emigrar puede ser una experiencia transformadora si responde a un deseo genuino.

“Todo es impermanente”, recordó Dellamea, invitando a pensar las decisiones de vida como procesos dinámicos, en los que lo importante es escucharse y animarse a transitar el propio camino.

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